viernes, 6 de septiembre de 2013

Ver la vida con ojos de turista


Recientemente me he acordado de la propuesta que nos hicimos mi amiga Mayte M. y yo hace muchos años una tarde  en París, último día de nuestras vacaciones, sentadas en el suelo de un parque apoyadas en nuestras mochilas como respaldo, sin más hacer que ver la gente pasar, sin mas dinero que 50 pesetas que no podíamos cambiar a francos por ser demasiado poco. Teníamos pan, queso y 2 manzanas en la mochila para cenar, y el albergue ya pagado. No necesitábamos más, y disfrutamos de cada segundo que estuvimos allí, observando el pasear de la gente, escuchando retazos de conversaciones que pasaban a nuestro lado, oliendo la mezcla de olores de las flores y el aligustre de los parterres con el polvo del suelo de terrizo



Es ese momento, constatamos lo bien que nos sentíamos, y lamentamos que no fuera posible extrapolar esa despreocupación, esa forma de estar a lo cotidiano, a nuestro día a día en Madrid. Nos propusimos intentarlo, pasear por nuestra ciudad con nuevos ojos, con la curiosidad del desconocimiento, con la intención de descubrir tesoros, la cámara colgada al cuello, dispuestas a aceptar todo lo sorprendente y especial que nos vamos encontrando, y con la parsimonia de “tenerlo todo hecho”, como si nuestra única función en la vida fuera la de simplemente “estar”, cambiándola al menos durante unas horas por la de “hacer”.

Supongo que no hará falta que diga que nunca lo hicimos, pero sigo creyendo que es un buen ejercicio,  y para mí, cada vez más difícil de poner en práctica.

miércoles, 21 de agosto de 2013

¡Hay que ver cómo somos! Capítulo I


A veces me desanimo pensando en lo ignorantes y mezquinos que somos los seres humanos como especie, y lo mucho que nos queda para ser ángeles.
Hay algunos experimentos que apoyan esta triste teoría. Uno es el experimento de la Cárcel de Stanford llevado a cabo por Philip Zimbardo, un psicólogo social, investigador del comportamiento.
Agrandes rasgos, os describo el experimento que incluso ha dado pié a una película El Experimento además del libro “El efecto lucifer” del propio autor.

El experimento se realizó en la Universidad de Stanford en 1971 con 24 estudiantes voluntarios, a los que por el procedimeito de cara o cruz con una moneda, se repartió en dos grupos, unos como presos y otros como carceleros, y se recreó un ambiente carcelario en la propia universidad. La duración prevista era de dos semanas, pero no se llegó a concluir porque la situación comenzó a ser dramática ya en el segundo día y a los seis días las humillaciones, los abusos y las vejaciones eran los métodos habituales. Zimbardo  concluyó el experimento,  habiendo demostrado que el entorno, y los roles que se nos asignan o nos asignamos, pueden sacar de nosotros mismos nuestra peor parte. Afortunadamente también hay experimentos que demuestran que hay en nosotros “nuestra mejor parte”, y espero poder hablar también de ellos.
Os enlazo aquí una entrevista a Zimbardo  de la página KINDSEIN.COM. http://www.kindsein.com/es/20/1/466.